Asumamos que la voz y tono de Donald Trump se ha estandarizado.
Es decir, eso que las escuelas de negocios llamaban “disrupción” y las ciencias sociales definían como “incivilidad” hace una década, ahora es la auténtica nueva normalidad.
Ejemplo 1: Si el invitado en una negociación o reunión era aburrido o irrelevante, los asesores recomendaban asentir o concentrarse en algun detalle de su rostro (total tienes un equipo que resume, analiza y decide por tí). Ahora, bostezar, mirar el reloj o dejar hablando solo, es señal de honestidad, de estilo directo y que no hay tiempo que perder.
Ejemplo 2: Se recomendaba ser coherente, ya que las audiencias perciben la disonancia entre lo que dices y lo que haces. Ahora, no hay problema entre anunciar algo a nivel masivo y operar técnicamente a nivel sectorial. Por ejemplo, anunciar en redes sociales aranceles a diversos productos —sin especificarlos— y un par de semanas después dejar la decisión para 2027.
En la mañana varios economistas analizaban esto diciendo que “hay que tener la cabeza fría”, que el Excel hay que cambiarlo todos los días debido a las decisiones y que siendo EEUU un país que depende del cobre chileno, había qeu esperar.
El problema es que los medios contaban la primera parte solamente. Es cosa de googlear El Mercurio y La Tercera, darse una vuelta por los portales de las radios y los archivos de la tele.
Si por lógica los aranceles obligan al país que necesita el recurso a pagar un porcentaje (el castigo se vuelve en contra), la forma de comunicarlo debería considerar eso. Los expertos, inteligentemente decían que Trump nunca explicó el tipo de cobre y que había que verlo más adelante.
Era obvio que la medida no afectaría demasiado y que los equipos de ambos países estaban trabajando, paralelamente a los efectos del anuncio.
Pero, como Trump es el que impone el estilo, ya está asumido en cierto nivel que son desplantes mas o menos vistosos, sin base y por ende, todos fingen preocuparse, lo que es preocupante.

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